martes, 30 de junio de 2009

Capítulo 4 El proceso del enamoramiento


Capítulo 4

El proceso del enamoramiento

Por Iván Rodrigo García Palacios

En todo enamoramiento se sucede un antes, un principio, un en, un fin y un después. Es algo así como la parábola matemática de un proceso en tiempos y espacios todavía desconocidos, que se inicia con el surgimiento y los sucesos de las condiciones suficientes y necesarias para que ocurra el enamoramiento propiamente dicho, se desarrolle y concluya con las trasformaciones consecuentes.
Sobre la definición y descripción de los elementos que participan y actúan en ese proceso, es que voy a proponer la explicación de mis hipótesis descabelladas del enamoramiento.
Esas teóricas etapas y los elementos que en ellas intervienen, son:

1. Etapa previa:

El surgimiento de las condiciones suficientes y necesarias para que ocurra un enamoramiento se inicia con la emergencia de un estado corporal y mental de desasosiego en respuesta a circunstancias internas y externas y el cual se caracteriza por insatisfacción vital, existencial y emocional y que, por las apariencias, se parece y se asocia con el estado de depresión, pero con el cual sólo tiene parecidos, como lo ha mostrado Francesco Alberoni:
“El período que precede a la aparición del Estado Naciente el individuo padece un estado de Tensión Creciente, de insatisfacción. Tiene la impresión de vivir de modo falso, inauténtico. Un estado que corresponde a la tensión y la asfixia que el feto sufre en el útero materno al término del embarazo. En la vida adulta nos sentimos sofocados, prisioneros, cuando nuestro impulso vital, nuestro deseo de vivir se ve trabado por las normas, las relaciones sociales, por instituciones escleróticas. Es la Sobrecarga Depresiva (Anoto por mi parte que esta Sobrecarga depresiva debiera denominarse de otra forma, porque la depresión patológica nada tiene que ver en los procesos del enamoramiento, a menos que el individuo esté afectado por ese estado patológico). Entonces la tensión entre el impulso vital y las estructuras que lo comprimen llegan a un umbral en el que el sistema se desintegra, explota.
Este proceso, en términos absolutamente generales, es un aumento progresivo del desorden, de la Entropía hasta el umbral en el cual el sistema se hace añicos. Pero, como ha mostrado Ilya Prigogine, si tiene suficiente energía, el sistema no muere, sufre una metamorfosis, asume otra estructura, cambia de forma. En nuestra psique, esta transición de un orden a otro se da a través de una experiencia particular, el Estado Naciente” (1).
Sin embargo, para Alberoni, la aparición de estos fenómenos previos al enamoramiento, parecen estar más condicionada por sucesos existenciales provocados por las circunstancias de la vida cotidiana y que bien podrían o no presentarse. Por mi parte, propongo que tales fenómenos se presentan por causas imperativas, obligadas y necesarias de la biología, la fisiología y la cultura que desatan un proceso primordial de trasformación corporal, cerebral y mental, pero condicionado por la genética y la cultura.
Yo pienso que, como por ejemplo en algunos reptiles y otros animales, cuando se llega a un punto de crecimiento o saturación, se cambia, obligatoria y necesariamente, de piel, en el caso del enamoramiento es el momento del cambio de piel, de la trasformación del estado cerebral, fisiológico y mental, existente.

2. “El flechazo” del enamoramiento:

Cómo, cuándo y porqué, se alcanza la sobrecarga, ocurre la explosión de esta y se inicia el “Estado naciente”, es un asunto mucho más complicado de explicar, porque, si bien es posible observar por métodos científicos los sucesos biológicos, fisiológicos y hasta psicológicos, de esos fenómenos, una vez ocurren, no es posible, todavía, anticipar ni el instante ni el objeto ni la persona ni la actividad ni la idea ni la visión que lo va a provocar, entre los múltiples posibles en los que está inmerso quien está listo para un enamoramiento. Así mismo, tampoco es posible determinar con precisión las circunstancias y condiciones, necesarias y suficientes, que en su convergencia provocan ese específico estado de desasosiego para que de allí se desate el “Estado naciente” del enamoramiento.
Lo único con lo cual se puede equiparar ese "flechazo" que desata el “Estado naciente”, es con una hierofanía o epifanía o revelación que anuncia y desvela lo que vendrá. Esa encarnación de las ya citadas palabras del poeta y filósofo al-Andalus, Ibn Hazam de Córdoba (994-1063), en El collar de la paloma:
“Quiero saber quién y como vino.
¿Era la faz del sol? ¿Era la luna?
¿Era una pura y racional idea?
¿La imagen que suscita el pensamiento?
¿Un espectro forjado de ilusiones
que apareció encarnarse ante mis ojos?”.
Es la misma hierofanía que Giordano Bruno describe para "el furioso heroico" en el texto ya citado antes.
Se sabe que aquello hacia lo cual se dirige la energía del enamoramiento es una y única persona o una y única idea o imagen o una y única actividad o un único objeto. Es necesario dejar sentado en este punto y sin ninguna explicación que tampoco el enamoramiento tiene relación alguna con la naturaleza, los objetos y los motivos de las adicciones, pues estas, a diferencia de él, son estados patológicos con finalidades diferentes.

3. El enamoramiento o “Estado naciente”:

Lo que sí es posible determinar, al momento en el que ocurre el enamoramiento, son los estados anímicos y físicos que afectan al enamorado y para ello, vuelvo a citar a Alberoni:
“Roto el cascarón que lo apresaba, el individuo vive una excitante experiencia de liberación, de euforia, una expansión del yo. Se encuentra en un mundo en el que ya no existen los vínculos, las obligaciones, los obstáculos de su mundo interior y en el que la vida es feliz, fresca, auténtica; en el que los colores son más vivos y todas las cosas resplandecientes y maravillosas. Y a él se entrega lleno de energía, de esperanza, deslumbrado y con el corazón latiendo fuerte, pero con la experiencia regocijante de que todo es posible nuevamente. Es un renacimiento: "¡Incipit vita nova!" (2).
Es ese el estado y el momento en el que se desatan los poderes y las fuerzas necesarias para emprender la conquista de las estrellas. Sólo una necesidad mayor es capaz de provocar que se conquiste el universo. O sólo un poder, “un furor”, como el enamoramiento puede lograr que un individuo se transforme en "un otro" que luego volverá a ser él mismo, diferente, mejor y renacido.

4. El principio del fin del enamoramiento:

Ya se sabe que el enamoramiento empieza, pero, de igual manera, es mucho más difícil precisar cuánto dura, por qué se mantiene, cuándo y por qué termina.
Se podría decir de manera paródica que el enamoramiento dura lo que tiene que durar. Se sabe que comienza y termina, pero determinar su duración y el momento de su culminación dependerá de sutiles precisiones e interpretaciones, para las cuales la ciencia todavía carece de conceptos e instrumentos suficientes con los cuales definir y medir.
Así que será necesario recurrir a la experiencia y a la imaginación para tratar de establecer un marco de referencias que permita analizar los fenómenos que se presentan durante el enamoramiento y los que marcan y determinan su culminación, ya que no es posible determinar con precisión lo qué lo mantiene y el lapso de su duración.
Ya se sabe que, desde la emergencia del “Estado naciente”, el individuo se siente en un estado de exaltación física, emocional y mental y por fuera de las convenciones físicas, mentales y culturales que podrían considerarse normales. Ese estado se produce y se mantiene mientras se consume la energía que lo ha desatado y que el enamorado invierte y siente en el objeto de su enamoramiento y mientras este se comporta y le responde tal y como él aspira y espera que lo haga, pero que cambia de signo y con mayor intensidad cuando este deja de hacerlo, momento que marca el fin del enamoramiento.
Como tales condiciones son automáticas, cuando el enamorado percibe y siente que las condiciones ya no se están dando, empieza el principio del fin: la alternancia de agonías y éxtasis, sobrecargas de energía, hasta que se instala de forma definitiva un estado de desazón que en algún momento, imprecisable, desaparece por completo.
O, para ser más precisos, ese estado se mantendrá hasta agotar la carga de energía que lo produjo.
Es el fin del enamoramiento, pero no de sus consecuencias.

5. Estado de Renacimiento:

Con fenómenos y sucesos menos evidentes y espectaculares que los del desasosiego o del "Estado naciente", del principio del principio, o los del "Estado agónico", del principio del fin, al concluir el enamoramiento adviene el "Estado de renacimiento" que es la conclusión natural cuando el enamoramiento se ha desarrollado en un individuo normal y saludable.
Para empezar, al concluir el estado de desazón, el desenamorado, al igual que sucede con aquel que ha padecido y se ha curado de una enfermedad penosa y dolorosa, olvida sus penas y, casi, de si alguna vez estuvo enfermo y quiere gozar la vida saludable que creía perdida.
Sólo que en el desenamorado, además de esos olvidos, si bien no olvida al objeto real y concreto que fue el motivo de sus alegrías y penas, si lo despoja de las cualidades maravillosas y extraordinarias que su imaginación inventó y con las que él lo encarnó. En ese momento se pregunta: ¿por qué?, pues ya ni lo percibe ni lo siente con aquel brillo y poder con el que él lo percibía al estallar la sobrecarga de energía con que se desató su "Estado naciente". Y, todavía más, se pregunta: ¿qué sucedió? ¿por qué me sucedió?... y, ¿ahora qué?
Es sólo que aquel ser u objeto extraordinario pero ilusorio que el enamorado se inventa en cada enamoramiento, no lo es tal, porque es una imagen o una idea, real o imaginaria, que explota desde lo profundo de su imaginación emocional que se construye en la pintura de sus tinieblas interiores y que aparece en cada ocasión en que la necesidad del enamoramiento vuelve a presentarse y a repetirse. Es la imagen, Laura o Beatriz o Diana, la visión que lo conducirá, cada vez, al paraíso.
Al sucederse este olvido que no es olvido, se ha alcanzado el "Estado de renacimiento", ese momento cuando al enamorado ya le ha sucedido, como se anotó atrás, la gran transformación, en la que sin dejar de ser lo que era, se ha convertido en otro nuevo el mismo, el que continuará transformándose, cada vez, con variaciones de duración, intensidad y efectos, hasta la muerte.
Y, ¿cuáles son esas transformaciones?
Después de cada desenamoramiento al individuo le han quedado fijados, total o parcialmente, en su cerebro y mente, imaginación e intelecto, las nuevas conexiones neuronales, la expansión de su capacidad mental y ha incorporado la nueva información, conocimientos y claridad, obtenidos durante el desarrollo del "Estado naciente".
Como todos los estados y estadios anteriores, el "Estado de Renacimiento" es igualmente temporal y con el paso de los días, lo que fuera un estado maravilloso de armonía y bienestar, se irá convirtiendo en algo común y rutinario, se irá anquilosando por los impactos de una realidad que obliga a la formalización y normalización de las novedades adquiridas, si es que se desea tener control y dominio sobre ellas. El desenamorado ha retornado a su vida monótona y rutinaria. Todo ello, porque el cuerpo, el cerebro y la mente continúan su desarrollo.
Es que el paso del tiempo y los sucesos, para quien una vez estuvo enamorado, irán opacando el brillo de la belleza y mellando las formas que una vez fueron hermosas; los ojos dejarán de encandilarse con el brillo de aquella ya remota fuente de luz; el tacto extraña la sutil y tersa suavidad de aquella piel y sentirá asperezas en toda piel que toca; los olores y sabores pierden su intensidad y profundidad y, cualquier gozo, ya no es aquel gozo de claridad y Sabiduría que apenas se recuerda y que vuelve a anhelarse. Es entonces cuando el desasosiego volverán a instalarse en el corazón y en la mente para iniciar un nuevo círculo hacía a aquel estado maravilloso.
Es que jamás el corazón humano dejará de anhelar y desear un retorno al paraíso perdido.
En fin, el desenamorado retorna al estado de normalidad, ese que, como Sócrates le explica a Lisias, es el estado en donde deben estar los dones de la felicidad del amor civilizado:
"[...] Uno de ellos es un deseo natural de gozo, otro es una opinión adquirida que tiende a lo mejor" (Fedro, 237d).

NOTAS

(1) Francesco Alberoni, El misterio del enamoramiento, Gedisa, Barcelona, 2004, pp. 26-27.
(2) Francesco Alberoni, El misterio del enamoramiento... p. 27.

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